La insignificante frontera

 

Los medios de comunicación se encargan de mostrarnos de manera directa, violenta y a veces incluso cruel, la realidad del país en el que vivimos. No hay trabajo, nos dicen. No hay esperanza, creemos.

No podemos negar que las cosas hayan cambiado. Nos atormentan unas cifras de paro que se antojaban imposibles, los sueldos, cuando no se mantienen, caen en picado a la vez que el IPC se levanta sobre nuestras cabezas haciéndonos ver que vivir es cada vez más caro. Con una tasa de paro juvenil que ronda el 50%, la palabra ‘desesperación’ bien podría ser la más presente en las cabezas de los jóvenes españoles que, aún teniendo una alta cualificación, no pueden entrar en el mundo laboral.

Todo se ve muy negro desde aquí, desde esta perspectiva, pero lo bueno de la ‘realidad’ es que se puede observar desde varias perspectivas diferentes y quedarte con la que más te satisfaga. Llamemos a esta ‘realidad’, mundo. España no es el ‘todo’, es solo una parte, una perspectiva, un ángulo. Cambiemos de ángulo. Ahí fuera hay muchos lugares, afortunadamente diferentes a este, donde nada es igual. Afortunadamente. El juego de la oferta y la demanda funciona en cualquier lugar del mundo, si alguien quiere algo, encontrará a otro alguien que quiera ofrecerlo.

Viajar nunca ha sido tan sencillo. Las fronteras se difuminan a medida que pasa el tiempo y las personas se pasean por el planeta como Perico por su casa. Este podría ser uno de los aspectos positivos de este fenómeno que conocemos como ‘globalización’. Un mundo con oportunidades para todos, variado, plural, interconectado, no tan grande como para no poder conocerlo todo, ni tan pequeño como para que la diversidad se vea mermada. Conocer lo que te rodea te enriquece, te aporta un aprendizaje que te servirá para cualquier aspecto de tu vida, una cultura que nunca está de más, pues abre las mentes más obtusas convirtiendo a las personas en seres dialogantes, comprensibles y, sobre todo, humanos.

No es el momento de estar parado. Innovar, emprender, equivocarse y retroceder. Y equivocarse otra vez, porque así se aprende, a base de errores que no quieres volver a cometer. Solo hay que tener en cuenta una cosa y es que no hay más límites de los que uno mismo se imponga. Teniendo eso claro, que nada ni nadie te pare, el dueño de tus decisiones eres tú. Adelante.

Blanca Pombo

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